Cuando la mesa ya ha sido testigo de risas, brindis y platos compartidos, llega un momento silenciosamente esperado en la cena navideña: el café. No entra con estruendo, sino con elegancia. Es el cierre perfecto, como un último abrazo antes de despedirse.
El café en Navidad no es solo una bebida; es una invitación a quedarse un poco más. Su aroma cálido se mezcla con el de los dulces tradicionales, despertando conversaciones que parecían terminadas y creando otras nuevas. En su taza humeante caben recuerdos, confidencias y promesas para el año que comienza.
Cada familia tiene su ritual. Algunos lo prefieren intenso y corto, otros suave y acompañado de un toque de canela, licor o chocolate. Hay quien lo sirve en la vajilla reservada para ocasiones especiales, como si el café mereciera un escenario propio en esta noche única.
En la cena navideña, el café marca el paso del banquete a la sobremesa. Es el momento en que el tiempo se relaja y las distancias se acortan. Mientras se sostiene la taza entre las manos, se escuchan historias del pasado, se planean viajes futuros o simplemente se disfruta del silencio compartido.
Así, el café no despide la Navidad, la prolonga. Es el punto final que no cierra del todo, sino que deja abierta la frase más importante: la de volver a encontrarnos alrededor de una mesa, con una taza caliente y el corazón dispuesto.

